domingo, 9 de julio de 2017

Último y gran deseo


ULTIMO Y GRAN DESEO

A Voiro no le gustó la pesada de Buenos Aires desde el mismo momento que los vio entrar en el bar. En primer lugar no parecían profesionales sino aficionados. Sabía que no eran nuevos pero les faltaba esa mirada decidida en el rostro. Había algo que no encajaba entre sus corpachones, las manos y los ojos. Parecía un cortocircuito, un desfasaje que impedía reunir las piezas adecuadamente. Pero no dijo nada. Apenas los semblanteó y pasó a los saludos de rigor. Tomaron refrescos y agua tónica; eso ya era algo. Tampoco llamaban la atención y ni siquiera estaban armados a pesar de los pedidos de captura de Interpol.
Entonces se comenzó a planificar la cosa muy elípticamente. Los horarios, las cajas más gruesas de los viernes, los dos guardias de seguridad y otros detalles puntuales. Aquí Voiro retomó un poco la confianza al verlos diestros en el manejo de datos y bastante rigurosos a la hora de tener en cuenta hasta los detalles más simples. Pero nada del otro mundo. Una gimnasia necesaria para la supervivencia a la que había que acostumbrarse desde el vamos.
De todos modos, la cosa no funcionaba. Se notaba una actitud demasiado suficiente; una sonrisa canchera y otras gestualidades que lo irritaban íntimamente aunque se cuidó de mantener la boca bien cerrada. En resumen, el plan se repasó varias veces y los datos del informante parecían prolijos. Luego se hizo un seguimiento directo y llegaron a marcar presencia para reconocer el territorio con la discreción del caso. Alguna pregunta menor se manejó al final de las reuniones y cierto tipo de respuestas elusivas no terminaron de convencer a algunos integrantes uruguayos. Pero el intercambio de opiniones no pasó a mayores y Voiro tuvo la impresión de que algunos puntos suspensivos quedaron flotando en el aire. Eran detalles minúsculos aunque desde hacía mucho tiempo sabía que esos datitos podían significar la enorme diferencia entre la vida y la muerte, la cárcel o la libertad. De la muerte tenía experiencias ajenas pero la cárcel no se la habían contado. Y no le gustaba para nada.
Había buena artillería pero él decidió quedarse con su 38 y desestimó la escopeta de caño recortado. Le causó gracia el uso de los celulares pero cedió risueñamente el paso a la tecnología para ingresar a una suerte de modernidad bien sistematizada. En sus comienzos la cosa era más fácil; hasta existían joyerías de barrio con un felpudo de bienvenida en la puerta. Pero ahora los tiempos habían cambiado, algunos de sus antiguos compinches estaban muertos o presos y la banda había decidido anexar socios del otro lado del charco. No contaron con su voto pero la incorporación resultó consensuada. Es que los vecinos estaban muy bien equipados y los porcentajes eran razonables. No había de qué preocuparse. Por lo menos eso fue lo que le dijeron.
Voiro estaba por dejar el cigarro pero había elegido una mala oportunidad para el intento y retornó a sus Marlboro Lights. De todos modos fumaba poco y le ayudaba a calmar los nervios. Había todo un ritual que saboreaba antes del propio cigarrillo; se trataba de sacarlo de la cajilla box, de golpear suavemente la base del filtro hasta que un milimétrico círculo de papel sobresaliera por encima del tabaco y luego encenderlo con una llamita minúscula. La primer bocanada era decisiva, amplia, y su vista se descansaba en la nebulosa que expelía tratando de descubrir formas en el humo. Pero esta vez no acertaba a descifrar nada. Eran solo nubes lentas que se evaporaban; espirales enigmáticos y difusos que no dejaban ningún mensaje. Los plazos se vencían y él había analizado muy poco la situación. Y ese dejarse llevar le molestaba, sabía que algo no funcionaba cien por ciento pero no encontraba el camino para desbaratar el entrevero. Su viejo compinche no entendía; eran tiempos bravos y había que invertir. Luego Brasil, Chile o Argentina en un viaje largo y, a lo mejor, para siempre. Sin embargo le costaba irse. Ya había tenido otras oportunidades pero siempre terminaba malgastando buena parte del dinero. Esta vez sería la decisiva, ya se sentía algo veterano para las corridas. Tenía que sentar cabeza. Por eso es que le importaba sobremanera que el golpe saliera bien; se estaba poniendo viejo para esos trotes y quería dejar los “caños” para empuñar una podadora en algún remoto jardín de Valparaíso o la templada Cochabamba de Bolivia. Un sitio en donde nadie lo conociera, donde jamás pudiera encontrarse con su pasado ni existieran archivos policiales con su foto. No era mucho pedir después de tanto tiempo en aguantaderos y cárceles. Había sobrevivido y eso era lo que importaba. Después de este golpe se imponía un digno retiro y la invención de un pasado que resultara potable para contar a eventuales hijos o nietos. Casi de un soplo se deshizo de todos estos pensamientos; al día siguiente se realizaría la operación. Revisó su reloj y miró el despertador digital. Constató que sintonizaban correctamente por lo que recostó su cabeza en la almohada y se durmió casi de inmediato.
Si soñó algo, lo perdió en la noche. Un tenue zumbido lo hizo despertar sin sobresaltos y apagó el aparato mientras se incorporaba ágilmente. Se miró al espejo y aprobó el resultado. Un riguroso lavado de dientes y una ducha tibia lo fueron concentrando en los objetivos del día. Terminó conectándose con la realidad a través de un café bien cargado. Luego revisó el arma y tanteó el pasamontaña que utilizaría en el atraco. Todo estaba en su lugar, todo coincidía. Cada minuto tenía su actividad y hasta los tiempos muertos contaban. De ahora en adelante había un mapa invisible que guiaba los pasos de todo el equipo y el también tenía su ruta. Había que cumplir sin cometer errores. La hora de la verdad había llegado y él ya formaba parte de una cuenta regresiva ineludible. Uno de los porteños trajo el auto robado, un bmw al que le habían cambiado las chapas y puesto una calcomanía de criadores de ganado hereford; no tenía roces ni ningún tipo de detalle identificatorio original. El grupo estaba constituido por cinco personas, los que manejaban vestían trajes costosos y usaban lentes negros. El proceso ya estaba en marcha.
Al llegar al objetivo percibió una circulación mayor de la que esperaba. Esto no resultaba favorable si el tiempo de exposición superaba los tres minutos. Pero la sonrisa picarona de su compinche lo tranquilizó momentáneamente. La cuenta regresiva había comenzado y cada uno debía concentrarse en su posición específica. Tres personas descendieron en forma simultánea y, sin vacilar, se dirigieron al punto de encuentro. Voiro debía seguirlos; se bajó del automóvil y recorrió el trecho sin apuro. Era un asunto entregado y todo debía funcionar en forma impecable. El dinero estaba, simplemente, esperándolos. Solo había que recogerlo bajo amenazas. Era lo de siempre; encañonar a guardias que no arriesgarían su pellejo por un sueldo de hambre y pegar tres gritos para que llenen los bolsos con la plata. Gritar que no los miren, que se apuren. Putear sucio y pegar algunos garrones. Una rutina que podría catalogarse como parte del oficio.
Los argentinos entraron primero y cantaron la clásica frase del asalto. La gente quedó paralizada y un guardia casi se cagó en los pantalones mientras le sacaban el revólver de la canana. Uno de los porteños se cruzó con Voiro y fue aquí que el veterano detectó el tufillo del porro. Una verdadera pelotudez. La cajera estaba muerta de miedo y empezó a tirar los fajos de billetes en el bolso que le pusieron delante. A pesar del detalle, todo estaba saliendo bien.
Pero inesperadamente, comenzaron a hacer fuego sin previo aviso. Fue una manifestación espontánea de locura. Un delirio a contramano que rompía todas las planificaciones posibles y el comienzo de un infierno que nadie sabía donde podía terminar. Voiro intentó comprender el asunto; quiso barajar una causa, una amenaza que no hubiera visto, algo que se le hubiera pasado por alto y, en esos escasísimos segundos plagados de detonaciones, pensó que los porteños se habían rayado por alguna incongruencia. (Quizás alguien que hubiera mirado torcido o, simplemente, que confundieran el temblor del cagazo con un ademán peligroso). Apenas un instante después advirtió un policía, salido de la nada, disparando su arma reglamentaria. El ya tenía un bolso lleno de dinero y arremetió hacia la salida pero sintió un rayo de fuego en el costado cuando estaba por cruzar la puerta. Al voltear el rostro pudo observar, con lujo de detalles, como le volaban la cabeza al de la sonrisa canchera. Una explosión demoledora y final que parecía pronosticar la carnicería absoluta. Ni siquiera tuvo tiempo de sentir miedo; instintivamente se llevó la mano a la herida para detener la hemorragia y se lanzó a la calle mientras los vidrios estallaban en pedazos. Detonó su arma un par de veces casi por reflejo a la vez que se lanzaba al automóvil inexplicablemente vacío. Al correrse al volante pudo divisar un cuerpo al costado de la calle desangrándose en una horrorosa mancha roja que desembocaba absurdamente en una alcantarilla. Cerró los ojos para evitar la imagen, comprendiendo que todo había sido una emboscada y apretó los dientes mientras salía disparado en medio del ulular de varias sirenas que le taladraban los oídos desde procedencias difusas.
Supo escabullirse milagrosamente por varios kilómetros hasta chocar contra una columna. El automóvil pareció explotar en un ruidaje sordo seguido de un silbido que sonó como la válvula de una olla a presión. Voiro descendió dejando un pequeño rastro de sangre y cruzó la calle hasta darse de cabeza contra el portón de una casa con techo a dos aguas. Casi no miró el barrio pero le pareció advertir que era muy arbolado y que las hojas comenzaban a formar una especie de alfombra verde amarillenta. Con el bolso forrado de dinero y el revólver en la mano se introdujo en el jardín, llegó a la puerta y advirtió a un niño que lo miraba con la boca abierta. Lo empujó al interior de la vivienda y cerró. Allí se encontró con una mujer que dejó caer unos platos horrorizada y se abrazó al chico. Voiro logró pegar un vistazo al living; no faltaba el elefantito con el billete anudado a la trompa, algunas fotos familiares y un sombrero de Florianópolis colgado en la pared. Un pensamiento extraño le inundó la mente, como si ahí estuviera todo lo que alguna vez había buscado. Ese último gran deseo de una pequeña casa y esa familia imposible que siempre había postergado. Se supo moribundo y no quiso un final solitario; simplemente dejó caer el arma, abrió el bolso, mostró sonriendo los billetes e intentó un abrazo desesperado a esa mujer y a ese niño que alguna vez podrían haber sido su mujer y su hijo. Murió en paz con las manos extendidas frente a ese sueño.

 

 ("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú")
 

 

 

 

 

 

jueves, 8 de junio de 2017

El que mantiene a la familia



EL QUE MANTIENE A LA FAMILIA

La verdad es que siempre le tuve asco. Recuerdo cuando mis padres me obligaban a sacarlo de paseo, cómo iba sintiendo todas las miradas que nos buscaban y los comentarios que realizaban en voz baja. Yo me apuraba, dejándolo atrás para perderlo, para ahuyentarlo de mi vida. Pero siempre estaba detrás de mí. Envenenándome.
Llegué a odiar. Además, a mi padre. Ese aliento de vino que inundaba nuestra pieza cuando aparecía de noche para ver si estaba todo bien. Algunas veces, cuando mi hermano hacía sus necesidades en la cama, el viejo lo golpeaba. Yo me tapaba los oídos pero igual escuchaba los bufidos del infeliz y la voz quebrada y borracha que gritaba puteadas. Mi madre venía a llevárselo para que no lo matara a golpes. Luego sacaba las sábanas y lo lavaba en medio de largos chillidos.
Y así pasaba el tiempo entre los lamentos de mi madre y los escándalos del viejo que cada día tomaba más. Hasta aquella noche que quedó muerto en la puerta de casa tratando de embocar la cerradura. La muerte de mi padre fue algo muy importante. Nunca más tuve que sacar a mi hermano a la calle. Ya nadie me amenazaba como antes. Es que las cosas cuando tienen que suceder, suceden. Sólo hay que desearlas con fuerza. Hay que tener fe, como dice la vieja. Al principio no teníamos ni para comer así que yo me conseguí trabajo en una carpintería donde, de vez en cuando, me adelantaban algún vale.
No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó antes que una tía del interior nos mandara a Marta. Eran muchos allá y en casa podría ayudar ya que mi madre estaba cada vez más sorda. Prácticamente no cosía ni realizaba ningún tipo de trabajo. Salía muy poco –a la feria o a cobrar la pensión– y pasaba casi todo el día encerrada en la pieza. Al principio me molestaba la presencia de un extraño que veía todo. Que sabía la verdad. En la calle yo podía aparentar que no conocía a esa sombra que me perseguía. Pero en el rancho era diferente. Ella nos veía todos los días en la misma pieza –no había más que dos y mi madre hacía dormir a Marta en la sala– y le arreglaba la cama a él, sonriéndole. Muchas veces me hacía el dormido cuando venía de madrugada a arroparlo y la espiaba. Entraba descalza y en camisón. Después que se marchaba yo imaginaba cosas. Me revolvía entre las sábanas pensando en ella.
Marta tampoco salía mucho de la casa. Se había traído una maleta del campo y dos muñecas que tenía sobre el colchón. Yo pensaba que era una imbécil coleccionando esas muñecas. Una tarde pisé una de ellas y Marta, entre enojada y sonriente, me lo recriminó. Le contesté que a ella también la tiraba. Comenzamos a forcejear y empujarnos y ella se reía cada vez más fuerte. El juego se interrumpió cuando mi madre empezó a gritar porque había visto ratas en la cocina.
Esa misma noche mi hermano comenzó a llamar a Marta. Hacía calor. Ella llegó y se puso a acariciarlo para que se aplacara. Tenía puesto el camisón pero se le veía la ropa interior. Cuando mi hermano se durmió la llamé y le dije que no tenía sueño. Que quería que me acariciara como a él así me hacía dormir. Marta se puso a reír. Yo le chistaba para que se callara. Comenzó a rascarme la cabeza y fui guiando su mano lentamente. Permanecí estático y sudando hasta que acabé. Inmediatamente después me dormí. Ni siquiera sé lo que ella hizo luego de ese instante.
El trabajo en la carpintería era siempre el mismo. Al volver a mi casa tardaba más de una hora en limpiarme el aserrín pero siempre me quedaba algo en el pelo o las alpargatas. Un día hasta pensé en sustituir el pan rallado por aserrín para hacer una milanesa y dársela de comer a mi hermano. Antes ya le había puesto talco en un alfajor pero no sintió la diferencia. Escupió un poco y se lo tragó como si nada. Marta –a veces– lo sacaba a la vereda o lo dejaba sentado en el portón bajo el limonero. Los del asentamiento le tiraban frutas en mal estado o le gritaban cosas al pasar. Una vez llegó a comerse una manzana podrida que le arrojaron.
Ella seguía viniendo de noche. Cuando mi hermano terminaba de dormirse yo le decía que no tenía sueño y Marta se acercaba y me acariciaba. Yo le tocaba los senos y la entrepierna y ella se reía como si le diera cosquillas. Cierta vez mi hermano se despertó y nos quedó mirando con sus ojos de perro bien abierto y en silencio. Yo, en la excitación, trataba de olvidarme que existía. Que estaba allí delante nuestro.
Al tiempo uno de mis compañeros de trabajo se cortó un dedo en la sierra. El aserrín absorbió la sangre como si fuera una esponja mientras el desgraciado gritaba y pataleaba en el suelo. Fue toda una confusión. Lo subieron a una camioneta y el patrón lo llevó al hospital. Yo aproveché la oportunidad para irme a casa. Cuando llegué, mi madre no estaba. Entonces vi apuntada la fecha de cobro en el almanaque. Y también advertí una de las muñecas de Marta hecha pedazos por todo el piso. No sé que fue exactamente lo que pensé en ese momento. Pero corrí hasta la pieza y abrí la puerta tan bruscamente que se golpeó contra la pared. Marta estaba arreglando las camas y me miró sorprendida. No había nadie más en el cuarto. Sin decir palabra la tomé de la cintura. Forcejeando la tiré sobre mi cama y me sumergí en su cuerpo. Ella apenas se movió. Al terminar, la voz apagada de mi hermano sonó desde el cuarto de baño y Marta salió corriendo. Mi cama estaba sucia de aserrín y un poco de sangre que era absorbida como en la carpintería.
Cuando le dije a la vieja que mi hermano debía ser internado se puso a llorar. Insistí con todos los argumentos posibles. Le dije que no contábamos con los medios necesarios para mantenerlo. Que debíamos estar pendientes de él. Hasta le conté lo de la muñeca rota que, a lo mejor, le vendrían ataques de furia más seguido. Todo fue inútil. Mi madre se negó y no hubo forma de convencerla.

La gente del barrio sintió más la muerte de mi hermano que la de mi propio padre. Será porque repetidas veces le vieron golpearle estando borracho. Pobrecito –dicen– es mejor así, que descanse en paz. Hasta mi patrón se portó bien. Nos ayudó con algo para el entierro y le dijo a mi vieja que yo era muy hábil en el trabajo y que me iba a dar unos pesos más. Yo, prácticamente, no he pisado donde lo están velando para no verle la cara de muerto. No siento remordimientos. Dentro de algunas horas se lo habrán llevado y ya no lo veré nunca, nunca más. Diría que me siento alegre aunque tenga que estar serio. Si hasta me dan ganas de reír cuando pienso cómo se tragaba el veneno para ratas que le puse en la comida. Ni siquiera escupió esta vez como con el talco. Usé tanto que llené el frasco con un poco de aserrín para que no se note que falta.
Ahora sé que todo va a cambiar en esta casa. Mañana mismo le digo a mi madre que Marta se viene a dormir conmigo en la pieza. Después de todo dentro de poco voy a cumplir diecisiete años y soy el que mantiene a la familia.
 
"La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú"

 

 

 

 

martes, 6 de junio de 2017

Diario de viaje



DIARIO DE VIAJE

Siempre que regreso a mi infancia lo primero que recuerdo es un balde lleno de agua que se desborda. La canilla sigue abierta en el fondo de casa y yo –que tengo alrededor de cuatro años– corro a cerrarla. Ese desbordarse, una simpleza inofensiva al fin de cuentas, aparece en mi mente infantil como algo grave que debo anular inmediatamente. Una empleada me avisa a los gritos y yo cierro apresuradamente el grifo. Altero una realidad desenfrenada que no alcanzo a comprender del todo. ¿Por qué ese desfasaje me parece tan importante? ¿Por qué debo restaurar la mesura y el orden de ese pequeño universo que parece verter un agua infinita en la limitada capacidad del recipiente? Cierro la canilla y sonrío. Inauguro una nueva etapa de orden; anulo una dimensión desequilibrada con el simple rigor de manipular una llave de paso.

Parecería que tuviera todo el tiempo del mundo para seleccionar otros recuerdos que también poseen su cuota de prioridad. En particular me llama la atención un momento donde me veo acunado por mi madre. Lo curioso del caso es que no percibo la imagen con el rostro materno dominando la escena como en un contrapicado. Lejos de lo que podría suponerse, registro toda la situación desde lo alto, como si fuera un testigo ocular ajeno a las circunstancias. Existe la posibilidad de que sea una ilusión atesorada como recuerdo propio. Sería una manera de nivelar ciertas zonas del pasado; dejar que la fantasía invada las parcelas del ayer. No se trata de idealizar lo que ya ha sido. Es un poco más complejo. Se trata de recordar algo incierto. Un sueño bonito que pasa a formar parte del álbum familiar como una fotografía utópica e inalterable.

Con esta jerarquización de los recuerdos no se puede realizar un ordenamiento coherente. Resulta inevitable que ciertos puntos tomen un atajo para recalar en mi zona de evocaciones. Por eso puedo excusar que sean ellos, los pantallazos del pasado, los que me lleven en este viaje hacia adentro, hacia mí mismo, mientras bebo y observo la marea. En otros momentos me acuerdo de las piernas de la cocinera. Tienen su peso propio como forma de esos primeros vestigios de una sexualidad ciega que me llevaba a chantajear a la mujer para que se levantara la pollera con tal de que la dejara ver la telenovela. Otras veces rememoro mi primera comunión con el excesivo entusiasmo que poseía en aquellos momentos. El temor de tragarme a dios en aquella pequeña lámina circular y no ser merecedor de su presencia en mi alma. El dedo acusador del sacerdote que nos señalaba para luego indicar el cielo y mover de manera isócrona su brazo mientras nos hablaba del acto sagrado y los pecados mortales. Y aquel que se salva, sabe, –decía – y el que no, no sabe nada. Porque el demonio existe y está esperando que ustedes caigan en la tentación para arrastrarlos al fuego eterno del infierno. Y ustedes ya saben cómo es la eternidad. Como si nuestro planeta fuese una enorme bola de acero y cada cien mil años pasara un ave y la rozara con sus alas. Una y otra vez, cada cien mil años el pájaro seguirá friccionando la esfera hasta que la empezará a gastar. Algún día, después de tantos roces, el mundo se disipará. Pero en esa oportunidad, hijos míos, la eternidad recién comienza.

Hasta que llegaba el día de la ceremonia y yo sudaba a chorros deseando encontrarme en cualquier parte menos en esa iglesia donde un sacerdote decrépito me ponía la hostia casi en la punta de la nariz. Escuchaba sus palabras en latín y abría mi boca desmesuradamente para tragar el manjar divino que mordía horrorizado como si cometiera un acto de canibalismo.

Es curioso como este tipo de evocación religiosa se entremezcla con la imagen de las piernas de aquella muchacha. Más curioso resulta pensar cómo ha evolucionado dios en mis pensamientos. Aunque no me interesa demasiado especular sobre el asunto; en realidad prefiero recordar aquella hembra y sus glúteos o retornar a las calurosas tardes en casa de mis primos donde daba rienda suelta a una depravada precocidad. Sin embargo, los pasajes más interesantes de mis primeras épocas se concentran en la soledad de mi cuarto devorando libros o los esporádicos viajes que realizaba a la estancia de mi tío. Ahí la servidumbre me trataba con recelo y tenía un peón dedicado a ensillarme el caballo. De vez en cuando me escapaba de su custodia y recorría el campo de manera salvaje. Dentro de la casona, en cambio, todo era indagar ese mundo extraño que olía a botas de cuero y fertilizantes. Subir escaleras y revisar cuartos, juguetear con un revólver cargado que había descubierto en un cajón deseando practicar el tiro al blanco con las gallinas que picoteaban en el patio. También aparecen los recuerdos de la casona del Prado y aquella hija adoptiva utilizada como empleada doméstica por otro pariente lejano. Rememoro su cuerpo en medio de fugaces imágenes que me confunden con otros cuerpos y otros rostros. En algún momento, todos parecen ser la misma figura aunque las partes del rostro se mezclan y no llegan a formar una cara definida. Quiero recordar cada uno de los momentos de mi vida pero el rugir de las olas me confunde. A diferencia del tango, no bebo para olvidar. Ahora la espuma lame mis pies, el mar me llama.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne Editorial "Yaugurú")

 

 

martes, 16 de mayo de 2017

Tercera noche


TERCERA NOCHE

La camioneta frena. ¡Es acá, por ese camino! El móvil se aleja de la carretera. ¿Estás seguro que las llaves sirven?, pregunta Raúl. Por supuesto, esta es la llave del portón y esta otra la de la puerta principal. No hay ningún problema, dice Joaquín. ¿Y le dijiste a tu tío que veníamos? El motor delata un viraje forzado. Sí, el fin de semana. Ya sabe. Inmensa, la casona espera con su techo a dos aguas y las paredes sólidas. El jardín ocupa considerable espacio. Hay sauces llorones y algún estanque sin peces. Al fondo, se presiente un bosque. ¡Qué pocas casas por la zona!, dice Daniel con cara de preocupación. No pasa nada, dice Joaquín. Claro, dice Alfredo. Los bolsos, agarren los bolsos, dice Raúl. Adentro mi tío tiene una escopeta de caño recortado, dice Joaquín. La puerta se abre. Esperen un poco, voy a ajustar los tapones. Los pasos de Joaquín se pierden. Al rato, la luz. La sala de estar es amplia y está alfombrada. Hay varias sillas, algunas rotas. La mesa tiene un florero horrible y la chimenea exhibe los bordes renegridos. Hay cuadros con imágenes de barcos y toreros. Vengan por acá, así dejamos las cosas. ¿Dónde está el baño?, pregunta Daniel.

Alfredo acomoda el asado. El tiraje anda bien. ¿Falta mucho?, pregunta Raúl. Ya va a estar, contesta Daniel. La noche es calurosa y el resplandor del fuego pinta de rojo los rostros de Joaquín y Alfredo. Los cuatro jóvenes beben cerveza y prenden los cigarros con trozos de brasas. Uno de ellos orina las plantas. Mas tarde, algunas tiras agonizan en la parrilla. Un hilo de humo se pierde en la oscuridad. Hay dos o tres envases desparramados por el suelo. Una taza de café aparece repleta de colillas y cáscaras de naranja. Alfredo escupe semillas. ¿Jugamos a las cartas?, propone luego de eructar. Daniel va hasta la puerta del dormitorio y busca entre las mochilas. El que pierde lava los platos, dice Joaquín. ¿No queda más cerveza? Se sientan y reparten los naipes. El juego dura muy poco. Pierden Alfredo y Joaquín pero rehúsan limpiar las cosas. Hicieron trampa, argumenta Alfredo. ¡A lavar!, ordena Raúl. ¡Mierda, no lavo nada! Las risas aumentan y Joaquín se enfurece. Que mal perdedor, dice Daniel. Queda todo a la intemperie. Las moscas copan la escena mientras la luz del fuego se apaga. Entran al dormitorio, chico y rústico. Las camas marineras intentan disimular la falta de espacio. ¡La cama de arriba para mí! ¡Los que perdieron duermen abajo! Alfredo comienza a tirar los bolsos al piso. ¡Carajo, la ropa!, dice Raúl. Una almohada vuela hasta la cabeza de Daniel. Joaquín saca las sábanas de las cuchetas y las tira al pasillo. Yo voy al suelo pero ustedes duermen sin sábanas, dice mientras bebe cerveza del pico de la botella. Alfredo se pone a golpear una lata. Alguien prende la radio a todo volumen. ¡Puta madre! Raúl no consigue que se callen. Armamos un baile acá, dice Alfredo. No porque después Daniel se pone mimoso, dice Joaquín. ¡Daniel, tengo un negocio entre manos para vos!, dice Alfredo apretándose los testículos.

Joaquín queda durmiendo bajo la ventana del dormitorio, en el suelo. Alfredo y Raúl están en las camas de arriba. Daniel se cepilla los dientes en el baño del pasillo. Al terminar da un rodeo y sale fuera de la casa. En el fondo hay un balde y la canilla aparece al costado de una planta destrozada por las hormigas. Logra abrir el grifo y llena silenciosamente el recipiente. Al rato nadie sabe bien qué pasa. Primero un chasquido y una explosión blanda. Después las puteadas de Joaquín y unas carcajadas que se ahogan en el patio. ¿Qué es esto?, pregunta Raúl. ¡Me empaparon!, ¿Quién anda ahí?, pregunta furioso Joaquín. Luego agarra un vaso y lo tira por la ventana pero se rompe muy lejos de Daniel. Mala puntería, dice Daniel. Joaquín sale corriendo por el pasillo. Alfredo grita algo mientras tira una mochila sobre Raúl. Este lo esquiva y sale del dormitorio en busca de Joaquín pero algo zumba por encima de su cabeza y se estrella contra la pared. Alfredo toma unas naranjas y continúa el fuego. Raúl atina a correr hasta el baño. ¡Hoy no duerme nadie!, grita Joaquín. Alfredo corre por el pasillo y casi inmediatamente se apaga la luz de la cocina. Los tapones, aflojaron los tapones, piensa Raúl. La luna ilumina débilmente a través de la ventana. Una pequeña escalera conduce al altillo. Raúl corre hacia allí pero tropieza con un banco. Al caer escucha las risotadas de Alfredo. ¿Adónde vas? Raúl siente una puntada fuerte en la rodilla, logra agarrar una naranja ya machucada por algún impacto y la tira en dirección a la voz, sin acertar. Luego retoma la huida hacia la escalera. Hay un silencio total. Todo el mundo queda agazapado en su escondite. Raúl siente su corazón y teme que alguien pueda escuchar sus latidos. En ese instante Alfredo y Joaquín atrapan a Daniel. Han doblado revistas como garrotes y le pegan en la cabeza. Daniel grita desesperado. Lo tiran al suelo y le ponen las rodillas sobre la espalda. Uno de ellos juego a bajarle los pantalones mientras Daniel patalea histérico. Raúl corre hacia ellos y los atropella. Del golpe, Joaquín y Alfredo salen despedidos y chocan contra unas sillas. Tanteando como los ciegos, Daniel y Raúl llegan al borde de la escalera mientras los otros han desaparecido por el pasillo. ¡Tranquilo, Daniel!, grita Raúl. Pero Daniel no se controla. Abraza a Raúl y este lo elude torpemente. ¡Por favor, no me dejes solo!, pide Daniel. Raúl consigue zafarse y empuja blandamente a Daniel hacia un costado. Siente que sus perseguidores se acercan riendo a carcajadas. Daniel tiembla aterrorizado. Nos separamos en la puerta para confundirlos, dice Raúl. Pero Daniel niega con la cabeza. Raúl lo sacude. ¡No quiero, me van a seguir a mí! ¡Pero Daniel, no se ve nada! Raúl siente que el pánico comienza a envenenarlo como si absorbiera la mirada aterrada de Daniel. Vamos, ordena. Corren hacia la puerta, la atraviesan sin detenerse y dividen su trayectoria. Raúl toma hacia la izquierda. Alfredo y Joaquín apenas llegan con algunos impactos de ceniceros y otros objetos que pegan en su espalda o dan contra la pared. Pero no le persiguen, toman el mismo camino que Daniel. Raúl logra ocultarse detrás de un sillón sucio de grasa. Escucha ruidos que parecen venir de todas partes. En el dormitorio se oye claramente la puerta del armario y alguien sale corriendo en esa dirección. ¡Daniel se escondió en el armario, vamos! Alfredo y Joaquín atrapan a Daniel que intentaba huir del refugio. Lo golpean, lo encierran y le pasan llave. Daniel pega patadas pero el gigantesco mueble es compacto como la casona. El olor del antipolillas lo marea, se siente enterrado en vida, un horror claustrofóbico comienza a enloquecerlo. ¿Dónde está Raúl?, pregunta Alfredo. Raúl siente que el pulso se le acelera, la adrenalina lo inunda. No sabe bien donde está, un golpe de humedad y encierro se le cuela por la nariz. Paquetes, cañas de pescar, bidones. No acierta a moverse sin tropezar con algo. Se encuentra confundido, intenta revivir en su mente la estructura de la casona pero fracasa. Al sentirse solo se incorpora, choca con algún mueble derribado y tantea con los brazos extendidos sin encontrar una salida. A lo lejos se escuchan los alaridos de Daniel. Luego de algunos minutos que el miedo ha dilatado, Raúl siente una brisa fresca que golpea en su cuerpo sudoroso. Una ventana abierta. Afuera la luna parece flotar en el cielo triste, las cortinas inflamadas por el viento son brazos que llaman. Raúl se arrastra, saca la cabeza por la ventana y la noche lo recibe como un visitante querido. Salta al exterior. Fuera de la casona, la noche es acogedora. Raúl sale de esa otra noche de pesadilla para internarse en la sombra protectora que lo estimula. Ve la camioneta a un costado, el estanque desnudo, los sauces y, a lo lejos, la carretera. Se detiene titubeando. Su mente ha retenido la imagen de Daniel y sus lágrimas. Todo esto le produce una sensación vaga, confusa. Escucha nuevos gritos que lo estremecen. Se detiene. Su corazón todavía golpea pero se siente solidario. Se considera fraternalmente necesario y regresa, esta vez, por la puerta. Siente ruido de cristales que se rompen y carcajadas perdidas que retumban en la oscuridad. Sigue sin detenerse y corre hacia el dormitorio. Nadie lo alcanza. Llega a la pieza y entra.

Abre la puerta del armario y alcanza a ver el rostro lloroso de Daniel, sus ojos enloquecidos y una escopeta negra, inmensa, rematada en dos agujeros profundos. La detonación parece eterna, se mezcla con el grito salvaje y de sorpresa que lanza Daniel mirándolo sin comprender. Raúl tampoco comprende, la luz que ha salido de los caños le ha trepado por el pecho, se ha internado en su cuerpo y lo sumerge en un remolino. Ha regresado para internarse, ahora sí, en la tercera noche, definitiva y última.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú"


 

 

 

 

 

martes, 9 de mayo de 2017

Ángel de la guarda


ÁNGEL DE LA GUARDA

No tiene alas ni tampoco se ata el pelo en colita como el de la película de Wenders, es de estatura normal y usa un sombrero parecido al de Carlos Gardel. Se ve que era de esa época. Me olvidé de decir que aparece y desaparece cuando le viene en gana. O sea, no estoy seguro si me acompaña para cuidarme o de puro aburrido nomás. Tampoco lo he visto levitar. En realidad, no flota ni un poquito y eso no deja de ser algo desmoralizador. Yo preferiría que viniera volando de alguna nube y aterrizara cerca de donde me encuentro. Pero lo que en realidad hace el muy sinvergüenza es doblar una esquina en el momento menos pensado o cosas por el estilo. A veces giro sobre mis espaldas y lo pesco mirando de reojo a una chica con minifalda. (En situaciones como ésta es donde me pregunto si de verdad me está acompañando o sale para recordar viejos tiempos). Habla poco, aunque yo tampoco le doy mucha bolilla. Lo que sí he percibido es que parece asombrarse con algunas cosas que ve por la calle, como si descubriera algún cambio notable o se topara con un rostro apenas reconocible por el paso de los años. Yo le he preguntado si por allá arriba no se ve el proceso de lo que ocurre acá abajo pero nunca me queda claro lo que me explica. Me habla sobre “la errónea concepción que se hace el imaginario colectivo sobre estos temas” y no sale de esa ambigüedad. De todas maneras, no importa demasiado. En el fondo me agrada y, si lo que quiere es pasear, que disfrute.

Entre las cosas que le llaman la atención, están los celulares y parece un gato curioso escuchando las musiquitas de los teléfonos y las conversaciones de los usuarios. Yo creo que escucha hasta lo que hablan del otro lado y me parece que se da cuenta que van a llamar antes que suene el aparatito. El resto de la gente no lo ve, obviamente. Solo yo me doy cuenta de su presencia y me causa gracia porque, a veces, está más transparente que otros días o camina pisándose los cordones sueltos de los zapatos sin darse por enterado. Lo que no entiendo es el grado de vigilancia y la calidad del servicio que me dedica. A veces me susurra que tenga cuidado al cruzar la calle pero la verdad es que yo esperaba consejos más solemnes de un ángel de la guarda. Eso me lo puede recomendar cualquier persona, al fin y al cabo. Se lo he dicho. Su respuesta, como siempre, ha sido de lectura abierta: “Nunca se sabe lo que puede pasar”. Otra cosa que debo confesar es que he intentado sacarle fotos, lo que no deja de ser ingenuamente ridículo por varios motivos. Primero: porque se supone que es invisible. Segundo: porque quedo bastante en off side sacando fotografías a una pared, de improvisto, por Dieciocho de Julio. Tercero: porque en algunas oportunidades parece que le estoy sacando la foto a una chiquilina o a un matrimonio que no me conoce y me miran con cara de pocos amigos. Cuarto: porque antes gastaba plata en revelar imágenes absolutamente desenfocadas y parecía que hasta los de la casa de fotografía tenían lástima por cobrarme. Ahora simplemente las borro de la cámara digital.

Otra cosa que he advertido es que hay ciertas transformaciones que le resultan inexplicables. (Una vez pasamos por lo que había sido el diario “El Día” y se quedó mirando las lucecitas de colores un rato largo). En contrapartida, me da la impresión que hay lugares en los que se siente más cómodo, como en el Parque Rodó, por ejemplo. Lo he visto sonreír con el Gusano Loco y con ganas de entrar en el Tren Fantasma como si fuera un niño.

También me he dado cuenta que, últimamente, cada vez lo veo menos. Será que me estoy portando bien y aprendí a cuidarme yo solo. Me da lástima porque no quiero dejarlo sin trabajo y tampoco me gustaría que saliera a custodiar a otro así nomás. Eso de tener un ángel protector te sube la autoestima. Estoy pensando en mandarme alguna macana a ver si decide darse una vuelta más seguido, aunque no me gustaría que me rezongara. Qué dilema.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú")

 

 

 

 

domingo, 30 de abril de 2017

El experimento


EL EXPERIMENTO

Cruzo la calle con desgano. Mis pasos me llevan, sin demasiada convicción, hasta el bar. Me arrimo al mostrador y pido una copa. Me sirven el trago con indiferencia, casi sin molestarse en mirarme, como si el hecho de beber fuera un acto solitario que no merece palabras. El hombre que me atiende no demora en correrse hasta la otra punta. Allí sirve a nuevos parroquianos sin saber qué tipo de ausencia estará anestesiando. Lo suyo es práctico y no merecería mayor análisis. Sin embargo no puedo dejar de pensar en el reducido mundo que habita; un desprolijo territorio de tránsito donde los vasos, la cafetera y las sillas estropeadas cumplen funciones de referencia. Ni siquiera falta la foto desteñida de un cuadro de barrio y un extraño banderín local. Todo aporta su pequeño perfil. En la atmósfera del bar, hasta la radio proporciona un sello identificatorio a través de cierto simulacro de orquesta que defiende, como puede, a un cantante desafinado. Otro tipo de música no tendría sentido en el entorno. Hay algo de disco rayado que se expande por el ambiente. Esa música gastada sintoniza con el lugar. Como una especie de contagio que cobra forma en las mesas, los pocillos y las manos arrugadas. Hay una armonía decadente que prolonga el estado de las cosas y las lleva a su punto exacto. Este universo cerrado se fusiona y retroalimenta; existe una compatibilidad que prosigue en la ropa de los borrachos y sus historias ridículas. Nadie puede imaginar la extraña misericordia que siento por estos infelices; son descartables como un envase de plástico. Observo a uno con las mejillas encendidas por el alcohol y una psoriasis que comienza a desbordarlo. Tiene las uñas sucias y bebe mucho. Me molesta pero no estoy seguro de poder integrarlo al experimento. Freno el impulso y bebo otro trago

Empiezo a sentirme contaminado por una suerte de polución ambiental. El hedor del baño y las toses de los fumadores parecen conformar la verdadera esencia del ámbito. Todos los detalles se acomodan: desde un tubo lux mugriento hasta la vitrina que encierra un par de bizcochos, forman parte de la postal. El tufo avinagrado de la resignación es verdaderamente sofocante y comienzo a dudar de algún resultado posible. La suerte parece no ayudarme en esta ocasión a pesar de sentir la adrenalina. Estoy al acecho, bebo un pequeño sorbo y me recorre un chispazo. Todavía no alcanzo a sentir mayor efecto y, sin embargo, me apresuro a ingresar al cuarto de baño. Tengo preparado algo que puede entusiasmarme. Me encierro y orino. Luego saco el polvo que coloco al costado de la mano, entre el pulgar y el índice. Lo aspiro con rabia por estar perdiendo la noche en este basurero humano y me refresco inmediatamente. Vuelvo a repetir la operación y sigo cargando baterías. Salgo del baño y retomo contacto visual con el individuo de las uñas sucias. Me resulta más insoportable que antes y pienso en abandonar. Todavía puedo estar a tiempo. Al cruzar el bar tropiezo con un borracho y lo empujo levemente, como quitándome una pelusa del saco, para continuar caminando hacia la puerta.

Subo al auto luego de desconectar la alarma, pongo el aire acondicionado y siento que todo funciona como una coraza que me protege del exterior. Al arrancar, ese afuera sucio y triste queda lejos. Conecto la frecuencia modulada y la música acapara el espacio con un sonido pleno de cuerdas y percusiones.

Entonces recuerdo a las prostitutas. Eso me produce una sensación de bienestar que me recorre el pecho como un relámpago dulce. Puedo continuar el experimento por avenidas y ramblas, transitando calles donde las mujeres se ofrecen en las esquinas como maniquíes alertas. Sin embargo decido torcer el rumbo y enfilar a un pub con música y bebidas para gente solitaria. Llego rápido, estaciono e ingreso en otro universo de realidades. Al poco rato ya estoy frente a la barra y pido un trago. Bebo la copa muy despacio dejando circular el líquido lentamente por el paladar. Noto su trayectoria en mi cuerpo como un río secreto. Una mujer a mi costado bosteza y le sonrío. Lleva un vestido oscuro y ajustado y sus ojos denotan una energía especial. Empiezo a dialogar con ella aunque, en realidad, habla poco. Yo dejo rondar la música mientras intercambiamos frases breves porque el verdadero discurso corre por las miradas y el experimento sigue en marcha. En algún momento pienso que su intensidad puede sofocarme pero gradualmente la batalla se hace pareja y ella nota la pérdida de terreno. Ese descubrimiento comienza a debilitarla mientras yo fabrico mis pausas para incorporar demoras, recorrer su cabello como desordenándolo y sonreír apretadamente en el límite de un tiempo muerto.

La noche está de mi lado como un as en la manga. Ante un gesto mío –sutil, casi inexistente–, el mozo vuelve a llenar los vasos. La bebida, sin embargo, no la embota. En realidad parece despertarle sensaciones un poco desmanteladas que van reorganizándose con nueva fuerza. Comentamos gustos musicales. Noto una aureola, un punto luminoso que marca su condición de conocedora de las reglas del juego. Me impresiona como una luz amarilla que se enciende en mi cerebro. Falsa alarma, por suerte. Comienzo, entonces, a llevar las palabras en una dirección premeditada y, por momentos, ella me da vuelta la historia y vuelve a colocar las piezas como venían. El retorno al cauce supone un juego de aceptaciones sobre aviso. Por lo visto, calibra sus cartas y aguarda mis movimientos. Si yo doy un paso en falso, el juego concluye. No hay lugar para insinuaciones torpes. Estamos en el territorio de la metáfora suprema, todo un intercambio de eufemismos que deben condimentarse con pequeñas dosis de traviesa insolencia. Este era el ritmo de la velada; algo parecido al sonido de un saxofón lánguido que se mezcla con las nebulosas azuladas de los cigarrillos y las conversaciones. Sin atropellos, esquivando el lugar común, mis palabras buscan el punto exacto de la detonación subterránea; es una mezcla de ternura y belicosidad que deja paso a ironías juguetonas.

Al rato advierto que las piezas vuelven a juntarse para dar lugar al experimento. Luego del efímero remolino de ocultamientos todo vuelve a aparecer sugerido en cada paso. Cuando salimos del escenario comienzan a quebrarse los últimos cristales helados del simulacro. Mientras caminamos hacia el auto pienso que existe un grado de complicidad en la estrategia lúdica. No sonríe descaradamente ni otorga un tono particular a sus palabras. La mujer se deja llevar como una extraña fiera que tiene conciencia de su fuerza y cree poder liberarse del cazador a su antojo. No comprende. Al principio no visualicé una imagen clara sino espejos que se superponían y multiplicaban nuestros ademanes, pasos y gestos. Sentí que paseaba al filo del abismo. Al encenderse el motor del coche, sin embargo, el resto del mundo quedó en una dimensión aparte. Había algo de fatalidad simple y sin reproches. Yo sigo apegado a las estrictas reglas del experimento. Ya falta poco.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú")

lunes, 17 de abril de 2017

Nuevo mundo



NUEVO MUNDO

Era todo medio raro. Me desperté temprano, me duché y luego de afeitarme tomé un desayuno ligero con tostadas, café y jugo de naranja. Al salir a la calle advertí una extrañeza generalizada. Algunas personas transitaban como los zombis de la película de George Romero aunque con menos grandilocuencia. Las personas que caminaban en forma normal, los dejaban atrás y, a veces, los empujaban porque estorbaban en el camino. Cuando entré en el saloncito de la esquina para comprar un agua mineral, había algunos de estos nuevos torpes que agarraban la mercadería y la abrían sin permiso mientras el dueño los apartaba con relativa gentileza y les sacaba los productos de las manos. En medio de todo ese lío, puede pagar mi bebida y salí dando saltos porque, en la puerta, una mujer se había tirado al piso para comer un alfajor y las migas le caían por todo el vestido.

Mientras caminaba hacia la parada, vi el holograma de uno de los vecinos que iba en pijama con su bicicleta rumbo al trabajo para que no le descontaran el día. Por lo general, los patrones y autoridades siempre aparecían en hologramas dentro de la empresa y sólo se dirigían a nosotros cuando tenían que formularnos algún pedido. Otro de los vecinos que pasaba en moto me dio un aventón hasta la oficina mientras esquivaba a algunos de estos presuntos retardados y los puteaba de lo lindo sin que nadie se diera vuelta para contestar. Cuando llegamos, le agradecí el viaje y me metí en el edificio aunque me equivoqué de piso y el ascensor me abrió en un lugar donde decenas de mujeres vestidas con un atuendo color amarillo rabioso me acosaron con folletos. La puerta del ascensor se cerró y quede atrapado en esa nube color huevo que repetía discursos en forma mecánica sin que se les desdibujara una sonrisa que parecía sacada de un aviso de pasta dental. Estuve un buen rato esquivando mujeres prepotentes hasta que decidí continuar por las escaleras porque aguardar el ascensor impresionaba como una espera insufrible en medio de tantas promotoras robotizadas. Al principio me pareció una buena idea pero al rato de trepar escalones comprendí que el problema no se solucionaba tan fácil ya que algunas de esas chicas yellow me perseguían insolentemente. Después de sentir sus tacones pateando peldaños las encaré con desagrado y logré deshacerme de ellas. A cambio de mi libertad me quedé con unos catálogos que arrugué de forma concienzuda en el bolsillo del saco.

Más tarde ya estaba en mi escritorio y revisaba papeles mientras miraba por la ventana. Enfrente, en un edificio descascarado, otro empleado parecido a mí jugueteaba con su lapicera y hablaba por teléfono. Nuestras miradas se cruzaron un instante y el hombre pareció sorprendido. Quise saludarlo pero me contuve en un amague imperceptible. Preferí dedicarme a realizar mis propias llamadas y busqué el fichero. No estaba. Tampoco encontré unos documentos que había guardado en el escritorio ni el envase para la vianda que conservaba en uno de los cajones. Mientras rebuscaba en mi despacho eché un nuevo vistazo al empleado vecino y advertí que había abierto la ventana y tiraba una cantidad importante de papeles al vacío. Algunas de esas carpetas que tiraba se parecían a las que yo estaba buscando pero supuse que la presunta similitud que le encontraba tenía que ver con mi ansiedad por hallar la documentación.

Al cabo de un rato sonó el teléfono. Cuando atendí y pregunté quién era me contestó una voz grave. –Tengo problemas con mi computadora– dijo la voz por teléfono.

–Equivocado– contesté y colgué.

Casi en el mismo instante que colgaba me pareció reconocer la voz o, mejor dicho, imaginarme esa voz en la cara del empleado que tiraba hojas por la ventana. La abrí nuevamente y lo observé. Estaba con el teléfono en la mano. Cuando le hice señas cerró las cortinas de su despacho.

Hace dos horas que estoy leyendo expedientes. Ni siquiera he tomado café o jugos. He comenzado a sentir una inquietud interna. La necesidad de salir disparado de mi oficina hacia la calle. Me tranca la posibilidad de encontrarme con las mujeres amarillentas o los zombis light. Hasta prefiero hablar con un holograma. Pero el deseo se consolida. Comienzo a guardar las cosas muy despacio. Hago tiempo como para fortalecer mi decisión de irme y, poco después, apago las luces y salgo. El corredor está en penumbras por lo que acelero mi paso hasta el ascensor. Pulso el llamador y aguardo. Nada. Bajo por las escaleras, llego a planta baja, salgo del edificio y cruzo la calle. Las oficinas que están enfrente a mi trabajo se parecen bastante al lugar donde yo marco tarjeta. Ingreso al hall y me dirijo a portería.

El encargado está empujando a unos torpes adentro del ascensor y, cuando lo llamo, se acerca casi en puntas de pie y pregunta: –¿Señor?–

–Hay un empleado que tiró hojas por la ventana– digo en forma vacilante.

–Sí, ya las recogí. ¿Las quiere? La pregunta me descoloca.

–Bueno, no sé…– empiezo a decir.

–Las tengo en una carpeta amarilla. Es una linda carpeta. –Se dirige al mostrador y la saca mientras mira desconfiado para todos lados. –No puedo hablar mucho, tengo el holograma del dueño del edificio dando vueltas.

Tomo la carpeta y regreso a mi casa mirando para todos lados. Al otro día me despierto intranquilo. Creo haber dejado la carpeta amarilla en la mesa pero no la encuentro. Cuando suena el teléfono estoy cepillándome los dientes, me enjuago rápido y atiendo. Del otro lado suena una musiquita por lo que espero que hablen. Nadie da señales de vida y cuelgo. Al rato vuelve a sonar pero dejo que el llamado siga repitiéndose como un eco por toda la habitación. No se por qué pero estoy seguro que me llaman por la carpeta. Después de un rato de estar buscando los dichosos papeles desisto y vuelvo a mi rutina. Esta vez viajo sin contratiempos mientras escucho música con los auriculares.

En la oficina cuelgo mi abrigo en la percha y comienzo a conectar la computadora, enciendo el aire acondicionado y ordeno la documentación. Hay expedientes de colores verdes y rosas. Todos poseen una numeración específica y una carátula donde se titulariza la causa. Hay momentos que verlos desparramados por el despacho me agobia. Cada vez que suena el teléfono pienso que es alguien que me reclamará la carpeta pero el tema no aparece en la voz de mis interlocutores. Solo la rutina de todos los días entre tazas de café y galletas secas. Se me ocurre que los documentos no pueden ser tan importantes si el hombre los tiró por la ventana. Lo que no comprendo es la razón por la que el portero los haya recogido. Termino de ordenar el despacho y bajo por las escalera. Cuando voy a cruzar la calle comienza a llover y pego una corrida apresurada hasta el edificio de enfrente. Al ingresar, el portero ha desaparecido y me encuentro con esos personajes medio sonámbulos y torpes que aprietan todos los botones del ascensor. Al verme, comienzan a subir por la escalera tropezando en cada escalón como si estuvieran borrachos. Me fijo en recepción y no encuentro a nadie que pueda informarme sobre el portero por lo que decido aguardar el maldito ascensor que ha comenzado a parar en todos los pisos. Cuando por fin llega a planta baja, ingreso y pulso el número del piso donde estaba la persona que tiró todo por la ventana del edificio. Antes que las puertas se cierren, el portero aparece de la nada y me hace señas que no suba pero ya es tarde. Al llegar encuentro todo apagado y en silencio. No se advierte que alguien esté trabajando o –simplemente– durmiendo la siesta con los pies apoyados en el escritorio. Un silencio de esos que los escritores llaman “sepulcral” invade la escena por lo que decido a golpear en todos lados a ver si alguien me atiende. Por el piso hay tirados folletos de esos que repartían las promotoras. Al mirar por las ventanas, observo que la lluvia ha arreciado y prácticamente parece haberse convertido en un temporal de magnitud. El día se ha transformado en una uniforme masa gris y húmeda que deja caer un chaparrón pesado sobre la ciudad. Nadie atiende así que ingreso en una oficina cualquiera. No hay nadie por lo que se me ocurre prender una computadora y buscar datos en Internet que me puedan dar algún tipo de información. Luego de varios intentos me da la impresión que algo anda mal; de casualidad miro por la ventana y veo a un desconocido en mi oficina de enfrente. Me resulta incómodo y engorroso. Lo llamo por teléfono al número de mi despacho y, al atender, le recrimino que la computadora no funciona pero se atiene a decirme que estoy equivocado y me cuelga. Furioso, abro la ventana y comienzo a tirar toda la documentación al vacío, incluyendo el teléfono. Al rato, una modorra extraña me invade y pierdo motricidad, se me caen las cosas. Me pongo torpe y transparente como un holograma.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú")

domingo, 9 de abril de 2017

Pobre diablo



POBRE DIABLO

Hace mucho tiempo que decidí continuar el viaje solo. Cuando en una rueda nocturna surge el tema de otra vida después de esta vida, argumento que dios existe solamente en el arte. Postulo que su mejor grado de expresión está en la imaginería de los creadores que le dieron existencia. A veces subrayo la posibilidad que la misma fe de estos artistas es la que ha logrado que dios haga acto de presencia en sus creaciones. Mis lecturas me permiten hablar de buenos ejemplos que incluyen a Dante o Thorton Wilder. Tengo claro que el escepticismo de Borges también pudo ser una búsqueda desesperada de la divinidad; que creó sus milagros secretos para obtener una segunda oportunidad al igual que Jaromir Hladik. (Creo posible que haya buscado una nueva luz para sus ojos ciegos entre las ruinas, laberintos circulares y versiones tramposas de Judas). Asimismo comparto su posición sobre la inmortalidad cuando afirmó que todas las criaturas –menos el hombre– son inmortales porque ignoran la muerte. Recuerdo haber leído ese pasaje donde señala que “lo terrible e incomprensible es saberse inmortal”. Es cierto. Para muchos, sin embargo, la proximidad de la muerte resta sentido a todo lo que les rodea y cualquiera estaría dispuesto a comer del fruto prohibido porque ya se sabe que la serpiente dijo a la mujer: “no moriréis”. Pero la verdad es que esa especie de suspensión animada en el tiempo puede ser la verdadera condena del pecador. La gente, de todos modos, continúa buscando la fuente de la eterna juventud, quiere transformarse en infinita y permanente. Quiere ser y estar for ever. Me hace gracia.

Yo no quiero hablar de mi castigo ni explicar nada. Lo hecho, hecho está y el precio ha sido alto. Quizás lo peor de todo sean las pesadillas eternas que me recuerdan fragancias y colores perdidos para siempre. (Amanece y abro la ventana pero el sol eclipsa, me esconde su luz, despierto gritando, rodeado por el poderoso perfume de primavera que se disipa inmediatamente en la obscuridad. El resto es nada como la noche misma que me cobija). Estoy condenado. Muchos han muerto y caído en desgracia por mi culpa; hace tiempo que dejé de vanagloriarme de mis atrocidades. Pero alguna de ellas están escritas en el basurero de la historia aunque no me identifican plenamente. Deambulo en las penumbras del mundo sin que me descubran y me alimento de sueños imposibles de alcanzar. Podría decirse que soy un ser abominable.

Aquí, en otros tiempos empuñé cuchillos salvajes contra los patriotas. He cometido el peor de los pecados; he sido un traidor y un homicida sin remedio. Ahora sigo contaminando el aire pero la gente no quiere creer en mí. Por eso aprovecho su ingenuidad para esconderme en las sombras y derrotarlos. Desde el Año Terrible he aprendido a coexistir con mi dolor, sin mirar atrás. He saqueado en nombre de la ley y el orden, amparado por los déspotas que me apoyaron. No tengo nada que perder y he aprovechado esa ventaja miserable para destruir a los que alguna vez fueron mis semejantes. En ese entonces, escalé las cimas de los poderosos con facilidad. Quizás mis cómplices advirtieron esa falta de bondad en mi sonrisa; es probable que hayan captado el frío demencial de mi mirada o mi total falta de remordimientos y supieran, desde un primer instante, que podían encomendarme las acciones más viles. Yo obedecí todas sus órdenes sin titubear, por supuesto. Mientras devoraba el espíritu de mis víctimas, he torturado frenéticamente, sin sentir culpa. Nada me ha importado, nada me importa. Sólo la tregua del descanso me interesa, esa evasión del retiro que alguna pesadilla luminosa despedaza de vez en cuando. Pero ese es otro tema.

Una de las primeras misiones que me encomendó el coronel tuvo que ver con zonas limítrofes y contrabando de ganado. Supe dirigir el asunto con precisión sangrienta y resultó la primera carta que gané frente a los prepotentes de turno. Algunas de las víctimas, al parecer, tenían vinculaciones con los desterrados y eso aumentó mi triunfo en los recovecos palaciegos. Luego continuó una matanza sin mayores disimulos; fue una carnicería organizada que dependió casi exclusivamente de mi voluntad suprema y se completó exitosamente. Al principio, no fue fácil. Tuve que organizar los grupos de vigilancia y represión para contrarrestar el desorden de la campaña y elegir cada uno de los comisarios departamentales leales a mi autoridad. Eso me permitió controlar fronteras y estar al tanto de todo lo que entraba y salía del país. Después mi poder llegó a sobrepasar algunas esferas y hasta participé en algún atentado en donde quedó evidenciada mi impunidad. Siempre he sido intocable. Esto me ha permitido jugar en todos los campos que he deseado: he quebrado instituciones bancarias y hasta participé en el asesinato de un presidente al pie de la Catedral. He hecho de todo y he visto todo. He presenciado un ataúd navegando por la calle Zabala en medio de una inundación, sentí el calor de las llamas que incendiaron Paysandú y vi morir a un legislador batiéndose a duelo en el Parque Central. Fui testigo del balazo en el corazón que se pegó un ex presidente a raíz de una confabulación en la que yo había participado y también he visto a otros políticos usando chalecos antibalas para evitar desafueros dolorosos. Nada me ha sido ajeno. He vivido procesos en donde los dictadores han jugado con la Constitución y pude observar varios saludos nazis cuando enterraban soldados alemanes en el cementerio. Todo esto ha ocurrido aquí donde el destino me ha traído. He permitido que la policía acribillara un delincuente a sangre fría en un rancho de Nuevo París, dado el visto bueno para que los guardaespaldas de un ministro robaran dólares en negro de su caja fuerte y tomado nota de los levantamientos cuarteleros que derrocaron gobiernos. (No deja de sorprenderme la facilidad con que los nativos de estas latitudes relativizan cualquier tipo de desastre a través del doble discurso). Yo mismo he encubierto catástrofes para evitar el desprestigio de algún político maricón y hasta le busqué la vuelta para que un motín carcelero se convirtiera en proceso inicial de la inauguración de un shopping center. He saqueado sin problemas usufructuando sofisticados recursos técnicos, apoyando golpes de estado y amparándome en medidas de seguridad o declaraciones de guerra interna. A veces alcanzó con intercalar una palabrota en un clasificado para que clausuraran un diario durante diez días. Cuando se hizo necesario un poco más de fuerza, incentivé levantamientos armados, hice que el ejército copara la Ciudad Vieja y ayudé a redactar algunos comunicados que se irradiaron con marchas militares como telón de fondo. Todo es cuestión de adaptarse. El tiempo ha transcurrido y yo permanezco; sigo siempre en este rincón aunque ahora también me dedico a los negocios, mediando alguna que otra licitación. Soy un pobre diablo ubicado en un escalafón que, por estos pagos, califican de tercer mundo. Pero ya me he acostumbrado y en cuanto a los malos sueños, los somníferos ayudan.
("La revancha y otros cuentos". Editorial "Yaugurú")

 

 

 

 

sábado, 8 de abril de 2017

Soñar



SOÑAR

Por arte de magia, el mundo se congela como una imagen detenida en stop. Las personas quedan estáticas en el momento del milagro. Con sus muecas, sonrisas y llantos. Todo se detiene menos yo. Entonces recorro la calle despaciosamente y entro en los shoppings, los supermercados y los negocios donde venden electrodomésticos. Lo que toco, funciona. Escucho un cd, como una manzana y me pruebo una camisa. Luego salgo y me detengo en inspeccionar algún rostro, un gesto aislado, cierta actitud curiosa. Lo hago sin prisa aunque el tiempo sigue corriendo para mí. Veo a una pareja en el instante decisivo de la separación; un anciano desconfiando al dar el primer paso para cruzar la calle y un par de niños amagando el pelotazo en la canchita de fútbol. Para divertirme, a veces hago apariciones fantasmales. Me planto frente a una persona en medio del bosque. Me integro a la realidad que se mueve y me voy instantáneamente. Me esfumo. La gente no entiende, entra en pánico y sale corriendo a todo vapor. Cuando juego con esto, reaparezco y me oculto lejos para observar la estampida en panorámica. La gente se altera pero el planeta no cambia ni se conmociona. Es un ámbito sereno. No hace frío ni calor. Tampoco sopla el viento. Es la calma chicha del limbo. Me paso caminando de un lado a otro pero evito mirar el mar. Me asusta verlo quieto. Muchas veces, cuando he agotado mis opciones, me devuelvo otra vez a la realidad en vivo. Las personas continúan su proceso a partir del exacto punto en que estaban suspendidas. Es como apretar play. Todo sigue como si nada. Yo también continúo sin contarle mi secreto a nadie. Es imposible que me crean a pesar que jamás podrían encerrarme en un manicomio. Pero estos pensamientos no me interesan. Todavía tengo mucho por hacer. Estoy preparando un viaje en permanente stand-by. Sin treguas ni retornos. Un mundo sin gritos, sin violencia. Una expedición a ese lugar poblado de soledades sin discurso en donde todo está tranquilo. Un periplo al que le puedo agregar la banda sonora que desee y seguir marchando. Nadie me encontrará nunca. Habré desaparecido en esa fisura del microsegundo apretado entre antes y después. Solo que no habrá después de este lado. Continuaré en la brecha de esa dimensión personal. El microuniverso perfecto. Una existencia placentera sin urgencias ni presiones. Un espacio ideal para descansar. Un planeta detenido en la instantaneidad que no le puede hacer mal a nadie. El mejor de los mundos posibles.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú")

 

 

 

viernes, 7 de abril de 2017

Iracema



 

IRACEMA

En mi barrio el único que no tiene miedo de subir hasta la punta del árbol soy yo. Me gusta treparme hasta ahí porque se respira distinto. Parece que el olor de las canaletas y la fábrica no llegara hasta arriba

Claro que si ni madre me viera me daría una soberana paliza, como ella dice. Pero yo no sé qué quiere decir “soberana” y además ella me pega muy poco. La vez que rompí el único pantalón nuevo que tenía me dio con la zapatilla pero no me dolió mucho.

Siempre dice que le va a contar a papá, que ya no sabe qué hacer conmigo pero cuando llega él y ella se pone a gritar, mi padre dice que está muy cansado, que no tiene ganas de discutir y ahí se termina el problema. El hijo del almacenero una vez se quiso hacer el guapo delante de Iracema y dijo que él también subía al árbol. Pero a la mitad se asustó y se fue bajando despacito mientras yo me reía bien fuerte para que Iracema se diera cuenta que el almacenero era un maricón y un mentiroso. Mi madre siempre le comenta a mi padre que “los del almacén son unos asaltantes” pero a mí me gustaba gritarle maricón porque así se ponía todo colorado y era más cómico. Pero Iracema no se reía conmigo. Ella era muy rara, casi nunca se reía pero a mí me gustaba igual aunque siempre estuviera seria, no como las mellizas de la otra cuadra que se pasan riendo por cualquier pavada. Una vez el pecoso le gritó “flaca tres cuartos de cogote” pero yo le pegué flor de trompada y no la molestó más. Me acuerdo que ese día ella me miró con ojos tristes y bajó la cabeza como si le diera vergüenza.

En la escuela, a veces, me tiraban papelitos en donde escribían mi nombre y el de ella con corazones y flechitas. O me gritaban cosas en el recreo y yo los corría por todo el patio hasta que la maestra me ponía en penitencia. Cuando podía, la acompañaba a la salida. Algunos me hacían burla pero yo no los miraba; solamente sonreía, muerto de rabia y le contaba cosas a Iracema. Nunca pude entrar en su casa. Siempre me quedaba en la reja cubierta de yuyos hasta que ella desaparecía. Los padres eran muy malos. Hasta el día de hoy mi madre les sigue teniendo miedo. Me acuerdo una vez que no podía dormir porque había mucho ruido, que quería llamar a la policía y mi padre le dijo que “no se metiera en líos por esos macumberos”. Al otro día yo le pregunté a mamá qué quería decir “macumbero” y me dijo que no era cosa de chiquilines, que dónde había escuchado eso y que no jugara más con Iracema porque me iba a dar una soberana paliza.

Yo igual seguía jugando con ella aunque tampoco me gustaban los padres de Iracema, siempre la venían a buscar temprano y cuando había visitas no la dejaban salir en todo el día. Recuerdo aquella vez que el padre la esperaba a la salida de la escuela; Iracema se puso a llorar y a mí me dio mucha rabia no ser grande y fuerte para pegarle a ese señor que la llevaba del brazo. Iracema no lloraba fuerte. Apenas le brotaban unas lágrimas que se tragaba despacito. Pero yo la vi y ella, al darse cuenta que la miraba, se cubrió el rostro.

Cuando ella faltaba a la escuela, siempre decían que estaba enferma. Yo tenía miedo que se muriera pero no quería decírselo a nadie y apretaba bien fuerte una medallita que ella me había regalado, pidiendo que no le pasara nada. Me acuerdo siempre de una vez que apareció en la escuela más delgada que nunca. En el comedor tragaba ligero y yo le di mi merienda. Ella no quería pero yo insistí y, luego de aceptar, me dijo que cuando pudiera me iba a regalar algo lindo. A veces ella traía velas de colores y cuando se derretían nos manchaban los dedos de rojo y amarillo pero no servía como la plasticina de la escuela porque se partía. Y cuando me dio la medallita yo estaba loco de alegría. Le prometí que no se lo iba a contar a nadie y ella me dijo que la tuviera siempre para ayudarme.

Y ahora que me acuerdo de aquella noche agarro bien la medallita. Los vecinos vinieron corriendo. Dijeron que habían hecho la denuncia y que la policía había encontrado algo espantoso. En la calle gritaban cosas. Mamá me encerró en el baño porque yo quería salir y ahí, muerto de miedo, escuchaba las sirenas y las voces de la gente del asentamiento. Y yo solo, prendido a la medallita, miraba la luz chiquita que entraba por una rendija. Mi padre estaba serio cuando regresó. Mamá decía que “había que matarlos a todos”, que ya le habían dicho que “eran un peligro”. Me acostaron con evasivas y sonrisas que le quedaban como pintadas en la cara. Me dormí muy de madrugada y tuve una pesadilla en donde veía otra vez a Iracema llorando. De mañana mamá insistió en levarme a la escuela y, de lejos, vi que en la casa de Iracema había un policía parado en la puerta. Me dijeron que los padres de Iracema habían salido en los diarios, que estaban presos y que a ella se la habían llevado a un albergue muy lejos y que no la íbamos a ver nunca más

¡Mentiras, son todas mentiras! Yo sé que Iracema no está en el albergue. Todas las noches prendo las velas que ella me regalaba y le pido a la medalla para que venga a jugar conmigo. A veces mis padres aparecen por ahí o vienen a ver si estoy durmiendo y yo escondo todo y me quedo sin verla. Pero otras veces, cuando siento que están acostados, cuando papá cierra la puerta y pone la radio bien alto, entonces yo la veo en la pieza. Sale de la pared como un globo de abajo del agua y nos reímos juntos. Entonces me parece estar otra vez en la punta del árbol respirando un aire distinto y mirando a todos como un gigante bueno.

Hasta que el canto de un gallo perdido la borra del cuarto y yo me duermo pensando en ella.
 
("La revancha y otros cuentos". Gustavo Iribarne. Editorial "Yaugurú")