sábado, 10 de diciembre de 2016

Uruguay Anarco Conservador


La contradictoria unión de términos no es invención propia sino que pertenece a Eduardo Galeano quien -una vez- calificó a los uruguayos de “anarco-conservadores”.

Una definición que vale la pena profundizar en un momento histórico donde nuestra sociedad (o buena parte de ella) parece haber perdido la brújula. Es que Uruguay, a pesar que marca notorias diferencias en varias franjas de su extensión geográfica, se ha convertido en una comunidad desencantada y escéptica. Un pequeño país (“país petiso” diría Hugo Achugar en “La balsa de la Medusa”) contaminado por un cinismo creciente en donde todo vale y hasta el gobierno se escandaliza más por una asonada en el estadio que por los innumerables crímenes, robos y violaciones que son el pan de cada día. Las explicaciones del caso pueden integrar componentes multicausales (La droga, el escaparate consumista, la notoria y acelerada segmentación social que nos ha dividido sin atenuantes, generaciones de asentamiento, familias disfuncionales, problemas en la educación, etc.) pero la realidad es que también se nos ha acentuado buena dosis de anarquismo sin tapujos. Al respecto basta recordar episodios como la acción vandálica en el Centenario o los clientes que se robaban productos mientras una remesa de Geant era asaltada el pasado día. Basta “un empujoncito” -como decía el Guasón en “Batman, el Caballero de la Noche” para que todo se desmadre sin remedio. Al mismo tiempo, somos indómitos conservadores que usamos todo tipo de subterfugios para utilizar el Estado de Derecho según nuestra conveniencia e interés personal, cuando la situación lo requiere. En el reclamo somos conservadores e -incluso- reaccionarios en sentido más amplio del término. A modo de ejemplo podrían citarse el uso y abuso de las certificaciones médicas, los días “sándwich” que parecen haberse convertido en patrimonio nacional y otras “vivezas criollas” que impresionan como una suerte de amparo al “ñoqui”, al garronero y al chanta, entre otra fauna de conservadores anárquicos que van donde calienta el fuego (o donde los lleve el viento si es que va a puerto seguro). Como si nos encamináramos apresuradamente al grisáceo pozo onettiano,  plasmado en 1939, estos primeros años del Siglo XXI nos están reflejando algunas imágenes contradictorias y desconcertantes. Ojalá se logre un rotundo giro de timón, en medio de esta modernidad líquida con epitafio a las ideologías, porque nos estamos aproximando al precipicio. No sea que “demos un paso adelante” como dijo una vez un personaje de triste memoria.

 

 

          

 

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