lunes, 9 de enero de 2017

¡Viva la policía!


 

Una vez leí un grafitti que decía: “Somos milicos mientras vivimos y héroes cuando morimos en servicio”. Lo cierto es que -aparentemente- al uruguayo no le gustan los uniformes. Da la impresión que la dictadura, a lo largo de todos estos años,  nos dejó un retrogusto amargo difícil de erradicar. A los policías los putean, les tiran piedras en determinadas zonas para que no ingresen, los amenazan y, por supuesto, le pegan algún balazo que otro.

Ahora bien. Más allá del título que le pusimos a la nota, ¿vamos a hacer una apología de la policía?  No. ¿Existen policías corruptos, prepotentes, ineptos, coimeros y hasta delincuentes que pueden estar integrando las llamadas “polibandas”. Sí. ¿Hay policías violentos, soberbios, estafadores y terriblemente jodidos que les gusta pegar por pegar? Sí. (De la misma manera que hay civiles reverendos hijos de puta que no tienen nada que ver con el Ministerio del Interior, por supuesto). ¿Podemos generalizar al conjunto? No. ¿Hay buenos policías que intentan hacer cumplir la ley sin violar los derechos humanos básicos? Si me permiten la posible ingenuidad, votaría afirmativamente.

De lo que sí podemos (y debemos)  acordarnos es que -a veces- algún milico (o señor policía, como gusten) ha dado la vida por un compatriota. (Ejemplos hay muchos pero podemos recordar al agente de primera Carlos Rodríguez, asesinado en una sucursal del Correo, en Pocitos). Cuando escuchamos en los informativos que un agente se enfrentó a tiros a un delincuente, da la impresión que sentimos la noticia como una cosa al pasar mientras esperamos la sección deportes. Nos olvidamos de la realidad. Nos olvidamos del arma que le encañonaron en la cabeza. Nos olvidamos que ese “milico” tiene familia y, muchas veces, vive rodeado de chorros en barrios humildes y/o asentamientos y debe andar cuidando a sus hijos de posibles venganzas. Nos olvidamos que, en algunas oportunidades, han hecho trabajos de parto en los patrulleros y hasta se han convertido en improvisados psicólogos callejeros  para evitar daños mayores. Nos olvidamos que ganan un sueldo bastante sumergido y que por mucho que les paguen siempre va a ser poco porque también nos olvidamos que, día a día a día, estos uniformados tienen que estar rastrillando el lamentable basurero de nuestra sociedad y haciendo frente a los aspectos más miserables de la conducta humana. También nos olvidamos que, a veces, tienen que dejar libre a malhechores peligrosos “por falta de pruebas”, mientras se les ríen en la cara. Nos olvidamos que también los usan como carne de cañón o herramienta política según para donde vaya el viento. (La asonada del Estadio podría ser un ejemplo. Vocé me entende.). Reitero: esto no es apología policial ni el llamado a la mano dura o gatillo fácil. Nada que ver con eso de: “los vamos a sacar del forro (…) a agarrar de los fundillos y lo va a meter de cabeza dentro de la chanchita”. Eso es oportunismo político. Esto es otra cosa. Digamos que puede catalogarse como un  humilde llamado a la reflexión. Ponernos en los zapatos del otro. Ese “otro” que tiene que hacer el trabajo sucio que -de manera eufemística- podemos calificar de disuasión, control y la temible palabra de represión.

A la fecha, desde la creación de la institución policial, han caído casi 300 funcionarios en el cumplimiento de su deber. Alguna vez puede ser que alguno  haya metido la pata o no fuera lo suficientemente ágil en alguna ocasión puntual. Quién sabe. Pero, a la hora de la verdad, todos murieron haciendo cumplir las leyes que forman el Estado de Derecho. Al principio mencionábamos a una de estas víctimas. Pero, si buscamos en la prensa de tiempo atrás, también podremos recordar a otros policías (no importa su rango) que murieron enfrentando a la delincuencia como Luis Suarez, Genaro Leytes, Rojas Maldonado, Máximo Rodríguez, Juan B. Rodríguez, Juan Magallanes, William Soriano, Oseas Pintos, Juan Gamarra, Raúl López, Diego Mattos, Santiago Vázquez, Geber Illescas, Wilson García, Heber Ramón, Wilson G. López, Fernando Arrutti, Marcelo Aguilera, Aníbal Martínez, Walter Román, Daniel Núñez, Héctor Vargas, Washington Rodríguez, Luis Cancela, Ricardo Lameira y Tewar Serpa, aunque nos faltaría nombrar a más de doscientos seres humanos muertos en el cumplimiento de su deber. Sonará ampuloso y estereotipado como si fueran palabras para el bronce. Pero es la cruda verdad. En fin, creo que tenemos que comenzar a reconsiderar los necesarios y saludables  vínculos con la autoridad. Todos estamos en el mismo barco. Es hora de remar -también- en la misma dirección.